Crónica Carlos Ares 21 Febrero Córdoba

De Indie Cool

Hay conciertos que se ven. Y hay otros que se atraviesan.

Lo del 21 de febrero en la sala Impala de Córdoba fue lo segundo. Un sold out colgado desde semanas antes y una sala que, desde mucho antes de que sonara la primera nota, ya respiraba algo distinto: esa sensación de estar a punto de vivir algo que no se repite.

No entraba un alfiler. Literal.

El calor, el murmullo, las miradas cómplices entre desconocidos… todo apuntaba a lo mismo: no era solo un concierto, era una especie de ritual compartido. Y cuando Carlos Ares apareció, no hizo falta ningún artificio para confirmarlo. Tiene algo que no se aprende: la capacidad de sostener un directo desde la verdad, sin esconderse detrás de la épica fácil.

Hay artistas que interpretan canciones. Y luego está él.

Carlos Ares las habita.

Desde el primer momento, el concierto fue creciendo sin prisa, como crecen las cosas que importan. Sin golpes de efecto, sin necesidad de forzar nada. La banda entendió el pulso: todo estaba al servicio de la tensión, de ese equilibrio entre lo contenido y lo inevitable.

Cada canción era un paso más hacia dentro.

“La boca del lobo” llegó avanzada la noche, cuando el sudor ya había borrado cualquier distancia entre escenario y público. Arrancó contenida, con esa cadencia que parece caminar descalza sobre la herida, y fue creciendo sin aspavientos, como crecen las cosas verdaderas. Nada de épica prefabricada: solo verdad.

Cada golpe de batería era un paso más hacia ese lugar incómodo que la canción invoca desde el título.

Quizá ahí esté la clave: “La boca del lobo” no habla de caer, sino de mirar de frente. Y en Córdoba, esa noche, nadie apartó la mirada.

Pero si hubo un instante donde todo se desbordó, fue con “Materia prestada”.

Al pronunciar “pájaros de barro”, decenas de origamis se elevaron entre halos de luz verde esmeralda, transformando la metáfora en vuelo real. Los brazos del público se alzaron tras lanzarlos, mientras los móviles capturaban ese instante donde música y gesto se fundieron.

La letra se hizo carne en papel plegado; las promesas, efímeras, tangibles.

Pura magia compartida.

Y es ahí donde Ares demuestra algo que muy pocos artistas consiguen: convertir sus canciones en algo físico, casi táctil. No es solo lo que suena, es lo que pasa. Es lo que se queda flotando cuando todo termina.

Porque lo suyo no es una impostura generacional.

Es intuición narrativa. Es saber exactamente cuándo apretar y cuándo dejar que la canción respire. Es entender que un directo no se trata de sonar bien, sino de hacer sentir algo que no se pueda explicar del todo.

Y eso, en tiempos de sobreproducción y piloto automático, es casi un acto de resistencia.

Cuando el concierto terminó, nadie salió igual.

Porque hay noches que no se recuerdan.

Se quedan.

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